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Pedagogía de la espiritualidad

Silvia Bara Bancel y Mentxu Martín-Aragón

Hemos escrito estas líneas a cuatro manos, desde perspectivas diversas y complementarias, desde una mirada teológica y psicológica, con el deseo de poder sugerir algunas pistas en torno a la pedagogía de la espiritualidad. Somos conscientes
que queda mucho por decir y, sobre todo, por vivir.

1. ¿Qué entendemos por espiritualidad?

Entendemos por espiritualidad la posibilidad de vivir plenamente quién somos. A partir de la experiencia del “Más en mí”, somos más plenamente nosotros mismos, y al tiempo, nos hace ser más armónicos y compasivos. 

El psicólogo humanista A. Maslow afirmaba que existe una tendencia actualizante innata, esto es, que toda la existencia está habitada, dinamizada por una corriente subyacente que mueve a todos los seres vivos hacia su equilibrio, sanación, crecimiento y plenitud. 

Desde la perspectiva cristiana, reconocemos que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, esto es, con una receptividad hacia su Presencia, y somos invitados a la relación con Él. San Agustín lo expresaba con fuerza: somos “capaces de Dios”, y Él se halla en lo “más interior que lo más íntimo nuestro”, y al mismo tiempo es “más elevado que lo más alto” (Confesiones, III, 6, 11). Por tanto, la espiritualidad es una dimensión profundamente humana que nos ayuda a crecer en esa Vida que quiere vivir en mí. Haciendo una paráfrasis de las palabras de Jesús (Jn 10,10) podríamos decir también que “hemos venido a tener Vida y vida en abundancia”, vida que nos es ofrecida y regalada por el amor desbordante de Dios.

‒ Vivir plenamente quién somos desde el “Más en mi”

La experiencia del “Más en mi” es la experiencia de Dios, hace referencia a la Presencia sagrada que habita en todo ser humano y en la realidad.

San Pablo exclama en el Areópago: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28).

Dios nos habita y en Él existimos y somos. Estamos “hechos a imagen y semejanza de Dios”, por tanto, tenemos una tendencia natural a la bondad, belleza, verdad…, no obstante, necesitamos una pedagogía que nos ayude al cultivo de la espiritualidad, que nos encamine en el proceso de desplegar ese ser único e irrepetible que somos… quizá este “ser nosotros mismos” sea nuestro mejor aporte a la humanidad.

En la Grecia antigua, el templo de Apolo, en Delfos, contenía la siguiente inscripción: “Conócete a ti mismo y conocerás al universo y los dioses”.

‒ Ser más armónicos y compasivos

La espiritualidad nos hace ser más armónicos con nosotros y con todo lo creado, y también más compasivos. “Si alguno dice: Yo amo a Dios, pero aborrece a su hermano es un mentiroso” (1Jn 4,20). Podríamos afirmar que como amamos a los hermanos y a todo lo creado, así amamos a Dios.

Cuando experimentamos que somos “templo del Espíritu” (1Cor 3,16), o que “el fondo de Dios es mi fondo” –Maestro Eckhart (1) ‒ y que Dios no sólo nos habita a nosotros, sino también a los demás, nos preguntamos: ¿quién soy yo para juzgar a nadie? Desde ahí nos surge una mirada compasiva, como aquella con la que Jesús miraba a cada uno y como nos mira ahora, no desde nuestras “etiquetas” o “personajes” sino desde el fondo de nuestra alma.

2. Pistas para una pedagogía espiritual desde Jesús

Podemos fijarnos en la manera de actuar de Jesús, que también fue un gran mistagogo: a través de su cercanía, sus palabras y gestos fue conduciendo a sus discípulos hacia el encuentro con su Padre. Les fue incorporando en esa relación amorosa de filiación, haciéndoles descubrir que también ellos eran hijos e hijas de Dios, y que con Él estaba llegando Su reinado, ya presente, aunque aún no en plenitud. Este reino de Dios que, en el fondo, es Dios mismo actuando “en medio de nosotros” y presente “en nosotros”, en lo más profundo de nuestro ser, como explica Eckhart en su sermón alemán 68 (2) ‒.

Destacaremos a continuación algunos aspectos de la vida y actuación de Jesús, tratando de descubrir claves que puedan inspirar una “pedagogía de la espiritualidad” para nuestro tiempo.

a. Reconocer que somos amados y llamados

Lo primero que hizo Jesús con sus discípulos fue invitarles a seguirle. Salió a su encuentro y les llamó mientras se hallaban en medio de sus tareas cotidianas: pescando, cobrando impuestos… Y se fue tejiendo entre ellos una relación de amistad, de confianza. En el grupo de discípulos también había algunas mujeres, que dejaron sus casas y familias y se unieron al grupo itinerante que caminaba con Jesús, como María de Magdala, Juana, Susana. Jesús también tenía amigas y discípulas que le daban cobijo y le escuchaban, como Marta y María, las hermanas de Lázaro, en Betania. La persona de Jesús suscitaría una gran atracción por sus palabras llenas de esperanza y su actitud de acogida, su escucha, su ternura y su compasión, junto con su determinación y su fortaleza interior. Seduciría a aquellos que le rodeaban, hasta el punto de hacerles sentir valiosos y dignos, hombres y mujeres “en pie” (Mc 5,41).

Así pues, un primer paso en la pedagogía de la espiritualidad cristiana es reconocer que también nosotros somos llamados, que “Él nos amó primero” (1Jn 4,19) (3) , y que su mirada nos da el ser. En medio de nuestra fragilidad y pequeñez, “llevamos un tesoro en vasijas de barro” (2Cor 4,7) y podemos tener, como San Pablo y los grandes creyentes de todos los tiempos, la paradójica experiencia de sabernos ‘nada’ pero, al mismo tiempo, “en Dios y por Él”, ser lo que somos, hijos e hijas amadas de Dios. Sí, Dios nos lleva tatuados en la palma de su mano (Is 49,16) y hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados (Lc 12,7). Descubrirlo, saborearlo, llenos de humildad y sencillez, nos abre a la espiritualidad. Por ello es una de las primeras experiencias existenciales que se han de promover en el acompañamiento a grupos y a personas que se inician en el camino espiritual: reconocerse amados, llamados y sostenidos por Dios, el Dios anunciado por Jesús. 

b. Descubrir el rostro amoroso de Dios Padre-Madre

En algunas ocasiones, tenemos dificultades en hacer silencio y en ponernos ante Dios porque la imagen que tenemos de Él puede estar distorsionada por nuestros miedos, heridas no sanadas, sombras. Nos lo imaginamos como un juez terrible que vigila nuestros pasos, siempre al acecho de fallos y caídas, imagen que poco tiene que ver con el Dios de Jesús. Por ello es fundamental, en la pedagogía de la espiritualidad, descubrir el rostro misericordioso del Dios “Abbá”, anunciado por Jesús a través de sus gestos, discursos y parábolas, como la del padre amoroso que se asoma cada día a esperar al hijo pródigo, y le acoge con los brazos abiertos (Lc 15,11-32). Jesús vive de la relación de intimidad con el Padre, habitado por el Amor, y toda su vida irradia ese amor, urgido por hacerlo llegar a todos, especialmente a aquellos que más lo necesitan y lo anhelan. Así, las palabras y los gestos de Jesús apuntan a un Dios que “conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro” (Sal 103,14), y “siente ternura por sus hijos” (Sal 102,13). Un Dios que “es amor” (1 Jn 4,16) y desea que entremos en relación con Él, para ofrecernos la vida en plenitud: “En esto se manifestó el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él” (1 Jn 4,9). Y esta vida conlleva vivir de amor a Dios y al prójimo.

En la pedagogía de la espiritualidad cristiana será importante, por tanto, todo aquello que favorezca el descubrimiento del Dios de Jesús: la lectura y meditación del evangelio y de toda Palabra de Dios; la participación en encuentros en los que se profundice el mensaje de Jesús, grupos de fe, catequesis, etc.; la lectura de libros de espiritualidad e incluso de teología; sin olvidar la lectura creyente de voluntariados, de experiencias solidarias en ámbitos de exclusión, del cuidado de enfermos y personas vulnerables, etc.; en suma, todo aquello que nos abra al rostro amoroso de Dios.

c. Mirar y admirar lo que nos rodea

Si consideramos con atención la vida de Jesús, podemos reconocer que se hallaba presente a las cosas y personas que le rodeaban. Tenía una mirada peculiar, llena de atención e, incluso, de admiración. Jesús se fija en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como los efectos de la levadura en la masa, o el tamaño de la semilla de la mostaza, de la que sale una gran planta, a pesar de su pequeñez. Contempla la paciencia que han de tener los sembradores hasta la llegada de la cosecha. Admira la belleza inigualable de los lirios del campo, y también destaca el valor y grandeza de la pequeña limosna de la viuda en el templo. Percibe el roce de la mujer con hemorragias que le toca el manto, y se sorprende y alegra porque el Padre ha ocultado “estas cosas a sabios e inteligentes” y se las ha revelado “a los pequeños” (Mt 11,25). Esta mirada atenta le permite encontrar a Dios en medio de la gente y en medio de todo. Todo le remite al Padre y él lo lleva todo hacia el Padre.

Este es, por tanto, otro aspecto de la pedagogía espiritual de Jesús: nos está invitando a prestar atención, a cambiar nuestra manera de mirar. Dejar de lado lo utilitario, no situarnos nosotros en el centro, y dejar de referir las cosas, la naturaleza, las demás personas a nuestros intereses y deseos. Sencillamente mirar, acoger, recibir, contemplar… Por ejemplo, salir a pasear al contacto con la naturaleza, para reconocer la vida que brota en ella, y su dimensión sacramental, que nos remite a Dios (4) ; dejarnos sorprender por los pequeños gestos; vivir desde el agradecimiento. Se trata de educar nuestros sentidos, y también nuestros afectos y nuestras facultades, en ocasiones demasiado activas. Ir poniéndonos nosotros también (y no sólo nuestros teléfonos) en “modo avión”, para frenar nuestra aceleración, y situarnos como niños, que se sorprenden y admiran, que están aquí y ahora, presentes y receptivos. Quizá pueda ayudar también centrar la mirada en El que nos mira, para aprender a mirar a su manera, por ejemplo, contemplando un icono o una imagen de Jesús.

d. Vivir en comunidad de fe y celebrar la vida

Jesús reunió a sus discípulos y formaron una comunidad de vida y de fe. En ella podían escuchar a Jesús y aprender de Él. Compartían también, como podían, su proyecto de anunciar a todos los hombres el Reino de Dios, limitados como eran y con serias dificultades para entender y asumir las implicaciones de seguir a Jesús. En medio de las alegrías y también de las contrariedades, bendecían a Dios en las comidas y cenas y estas adquirían una profunda dimensión de celebración y de fiesta. Allí se compartía, se posibilitaba el encuentro entre los hermanos y hermanas, y se podía dar gracias a Dios por lo vivido, y por los alimentos recibidos como regalo de Dios y, al mismo tiempo, como fruto del esfuerzo realizado. Especial densidad tuvo la última cena con Jesús, anticipo del banquete del Reino: en la bendición del pan y del vino Jesús dijo “esto es mi cuerpo”, “esta es mi sangre”, “haced esto en memoria mía”. Y aunque nuestras celebraciones eucarísticas se hayan ritualizado mucho y hayan perdido la dimensión originaria de una cena festiva, mantienen el profundo sentido de la cena del Señor (o al menos así debería ser): ese intercambio entre lo que Dios nos regala y nosotros ofrecemos, nuestras vidas, nuestro esfuerzo, nuestro trabajo (el pan y el vino), puesto y entregado en Sus manos y transformado en el cuerpo y la sangre de Cristo, es decir, convertido en un regalo de Dios, en alimento y en bebida de salvación, en Presencia de Dios que nos nutre y alienta para el camino.

Así pues, en la pedagogía espiritual que Jesús ha desplegado con sus discípulos, ha sido fundamental la dimensión comunitaria de la fe y la dimensión celebrativa y litúrgica. Y por ello, también para nosotros hoy son elementos importantes de la espiritualidad, en los que hemos de iniciarnos, e iniciar a aquellos que se incorporan a la comunidad. Dada la enorme distancia entre el lenguaje empleado en las celebraciones y la cultura actual, necesitamos ser introducidos en el lenguaje simbólico y en el sentido de los gestos litúrgicos y poder experimentar que lo que celebramos no es algo del pasado, sino que se hace presente aquí y ahora en nosotros. Hacen falta mistagogos que nos acompañen en el proceso, y unas celebraciones vivas, que puedan expresar lo que realmente significan (alegría, encuentro, fiesta, don…), y que resulten elocuentes en nuestro tiempo.

e. Confiar hasta el final

A lo largo de la vida de Jesús, y en algunos momentos de especial densidad, como en Getsemaní, Jesús da testimonio de su confianza absoluta en Dios Padre. Sin comprender del todo, confía, se pone una y otra vez en sus manos: “hágase Tu voluntad”. Y su confianza está bien fundamentada, pues Dios es un Dios de vida, y la muerte y el aparente fracaso del proyecto de Jesús no tienen la última palabra. Dios resucita a Jesucristo, lo “exalta” y lleva a la vida en plenitud, “sentado a la derecha del Padre”.

Esta confianza en Dios es también un aspecto a tener en cuenta en la pedagogía de la espiritualidad. Somos invitados a releer las distintas experiencias de la vida, también los fracasos, desde la confianza en Dios. Ir descubriendo que, al igual que le sucedió a Jesús, los momentos de dificultad, de aparente sinsentido, de sensación de abandono de Dios no suponen una separación o distanciamiento por su parte. Él es siempre un Dios de vida, y no está lejos de nosotros, no nos abandona. Además, tenemos en Jesús un compañero, un amigo, un hermano que ha atravesado las mismas situaciones, o mucho peores; por lo tanto, no estamos solos en nuestro caminar, sea cual sea. Sabemos que “Otro nos llevará a donde no queremos ir” (Jn 21,18), y quizá eso nos desconcierte, pero confiamos en que Dios mantiene su proyecto de vida y plenitud para nosotros. Ir soltando amarras, para descubrir que hay fecundidad en amar, en servir, en dar la vida por los amigos. Fomentar, por tanto, la humildad, la receptividad, el ponernos en manos de Otro… Así lo explica el Maestro Eckhart:

“Se trata de una compensación equitativa y un negocio justo: en la medida en que sales de todas las cosas, en esa medida, ni más ni menos, entra Dios con todo lo suyo, siempre que salgas completamente de lo tuyo en todas las cosas. Empieza pues a hacerlo y entrega todo lo que puedas ofrecer. Aquí y en ningún otro lugar encontrarás la verdadera paz”(5) .

Todos estos aprendizajes nos invitan a vivir en una confianza profunda y en una espiritualidad cada vez más asemejada a la de Jesús.

f. Orar y hacer silencio

Jesús también enseñó a sus discípulos a orar, en primer lugar, con su propio testimonio, y también ofreciéndoles la oración del “Padre nuestro”, en la que se recogen algunos de los elementos de la pedagogía espiritual de Jesús: su referencia al rostro amoroso de Dios Padre y su invitación a la confianza, a hacer Su voluntad.

Con sus gestos, Jesús muestra además una pedagogía de la oración. Con frecuencia se retira a orar en solitario y, en el Monte de los Olivos, pide que le acompañen sus más allegados, Pedro, Santiago y Juan. “Quedaos aquí, velad conmigo”, “velad y orad” (Mt 26,38.41). Esta soledad supone una espera, prepara a un encuentro. No es la “soledad poblada de aullidos” (Dt 32,10) del desierto, o de nuestros miedos, sino una soledad habitada, una “soledad sonora”, una soledad que nos abre a la Presencia. Pero para acogerla, hemos de prepararnos, aprender a silenciar nuestro interior.

3. Propuestas prácticas para el cultivo del silenciamiento

En un mundo cargado de ruidos, prisas, con altas dosis de ansiedad y agitación, necesitamos cada vez más espacios para cultivar el silenciamiento. Y cada persona, desde su individualidad y desde donde esté situada, buscará qué metodología le conduce mejor hacia una interioridad lúcida y transformadora.

Uno de los retos de las personas con esta sed interior de trascendencia, que nos constituye, es encontrar mistagogos capaces de acompañar procesos, a nivel personal y grupal, y de brindar métodos que ayuden a cultivar la interioridad.

Asimismo, necesitamos dedicar especial interés en acompañar a los niños y adolescentes en esta dimensión tan importante de la interioridad.

A continuación, desarrollamos algunas propuestas prácticas para el silenciamiento, que pueden servirnos de ayuda(6).

a. Preservar tiempos y espacios sagrados

Grandes maestros espirituales, como Madeleine Delbrel o el Maestro Eckhart, precisan que no se trata de ir físicamente al desierto, sino de lograr un desierto interior.

“Me hicieron la siguiente pregunta ‒explica Eckhart‒: a muchas personas les gustaría separarse completamente de la gente y vivir en la soledad, pues creen que allí encontrarán la paz, o quieren estar (siempre) en una iglesia. ¿Sería esto lo mejor? A lo que respondí: “¡No!” y ¡presta atención porqué! […] Quien de verdad posee a Dios rectamente, lo tiene en todo lugar, y en la calle y con todo el mundo, y lo tiene tan bien como cuando se halla en una iglesia, o en el desierto o en una habitación […] y todas las cosas se vuelven para él puro Dios. […] Esto no lo puede aprender el ser humano por la huida, es decir, al huir de las cosas y refugiarse de todo lo exterior en el desierto. Por el contrario, ha de aprender a vivir un «desierto interior» en cualquier lugar donde se halle y con quien esté; aprender a penetrar las cosas y captar a su Dios ahí dentro” (7) .

Para situarnos en la vida desde nuestro desierto interior o casa interior, es necesario que reservemos diariamente tiempos y espacios dedicados al cultivo de la experiencia espiritual. Cualquier actividad humana requiere asignar y preservar unos tiempos y espacios dedicados a ella, y lo mismo sucede en la práctica de la interioridad.

Por tanto, es importante llegar a crear estos hábitos diarios de silenciamiento, así como propiciar lugares físicos en nuestros hogares, parroquias, colegios… en donde encontrar un “espacio sagrado” que invite al recogimiento y que facilite estos momentos de interioridad. ¡Ojalá que en nuestras casas haya una habitación o al menos un rincón para el silencio donde poder hacer prácticas de interioridad de forma individual o en familia! Asimismo, éste sería un servicio precioso que nuestras parroquias podrían facilitar a los ciudadanos, independientemente de sus creencias.

b. El cuerpo

Somos cuerpo y nuestra existencia acontece en el cuerpo. Somos a través del cuerpo, nuestra manifestación en el mundo se expresa a través de nuestra corporeidad, y no nos podemos sustraer de él. Como explica el filósofo y psicoterapeuta Eugene Gendlin,

“Tu cuerpo físicamente sentido es en realidad parte de un sistema gigante del aquí y otros lugares, del ahora y otros momentos, de ti y otras personas, de hecho, de todo el Universo. Esta sensación de estar corporalmente vivo dentro de un sistema inmenso es como se siente el cuerpo desde el interior”(8) .

La Presencia de Dios se manifiesta también en la corporeidad que somos. Redescubrir, en la espiritualidad cristiana, la conexión corporal perdida es una tarea pendiente y un desafío: el cultivo consciente del cuerpo, entendiendo el cuerpo como ese “sabio interno” que nos habita y que contiene nuestras sensaciones físicas, sentimientos, emociones y pensamientos, y que puede saber mucho más de nosotros que nuestra mente.

El cuerpo es el lugar entre tu ser y una Presencia Sagrada mayor que tú. Como diría San Pablo, somos “templo del Espíritu de Dios” que mora en nosotros (1Cor 3,16-17). Nuestro cuerpo es nuestra casa, el hogar más verdadero, y suele andar deshabitado, como diría S. Agustín en referencia a su relación con Dios: “Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera” (Confesiones X, 27, 38).

En la meditación, un recurso que ayuda a reconectar con el cuerpo es tomar conciencia de la postura corporal, lo que ayuda a acallar los ruidos mentales y lograr la quietud. Se trata de alinear el cuerpo, desde el coxis hasta la coronilla. Y empezar la meditación realizando un lento “escaneo” corporal, tomando conciencia de cada parte del cuerpo: pies, piernas, pelvis, espalda, brazos y manos, cuero cabelludo, rostro, garganta, pecho, abdomen superior e inferior, y los órganos internos. Este recorrido por todas las partes del cuerpo, notando las percepciones que nos llegan, nos permite descubrir que todo el cuerpo tiene conciencia, y nos orienta en el proceso de llegar a la unión con el Absoluto.

Colocar la postura del cuerpo de forma alineada, nos ayuda al silenciamiento. A veces nos puede traer malestar, o dolor, y cuando esto sucede es una ocasión para escuchar estas sensaciones sentidas, sin jugar. Se trata entonces de observar todo lo que viene, desde una percepción aceptante, y cultivar el no tener expectativas, para estar abiertos y receptivos a lo que acontezca.

El cuerpo contiene toda nuestra biografía. Vivencias que hemos olvidado quedan grabadas en él y, mientras haya ruidos, permanecen soterradas. Pero cuando estamos en una atención relajada, en ese dejarse ir, pueden emerger memorias de nuestra vida que estaban implícitas en el cuerpo, a través de imágenes, emociones y sentimientos. Esta memoria de nuestra vida se nos comunica a través de las sensaciones sentidas. Como diría Will Johnson, “mientras no nos escuchamos acumulamos experiencias no resueltas”(9) . Estas experiencias no resueltas o sombras, según las denomina Jung, habitan en el cuerpo y nos hablan de nosotros mismos. Al reconocerlas y acogerlas, si dejamos que se expresen o si vamos más allá y las abrazamos, favorecemos el movimiento hacia la vida que quiere vivir. Atravesar el dolor es un camino hacia la integración. Aquí el “Focusing” (10) , como metodología que trabaja con lo corporal, puede ser de ayuda para el autoconocimiento y la sanación emocional.

Es en esta vivencia donde sentimos la Presencia de Dios que nos habita, y que se manifiesta en la corporalidad que somos.

c. La respiración

Tomar consciencia de nuestra respiración nos conduce al silenciamiento y nos ayuda a estar situados plenamente en el presente, en el aquí y ahora, para encontrar la profundidad de nuestro ser.

Todo el cuerpo se mece por la respiración, crece y decrece, ligeramente se expande y se contrae. Es lo primero que hacemos al nacer y también lo último que haremos al expirar, dejar de respirar, al menos en este cuerpo mortal. Cuando hay vida en el cuerpo, respiramos, y es un acto realizado continua e inconscientemente. Respirar se nos regala en cada instante, estemos despiertos o dormidos, sin que tengamos que hacer nada para que suceda.

El ritmo básico de nuestra respiración, al inspirar y al exhalar el aire, se parece a otros ritmos de la naturaleza, como el movimiento del mar, con el ir y venir de las olas, de forma cíclica.

En el tiempo de la contemplación, una vez colocada la postura del cuerpo y realizado el repaso corporal, como se indicó en el apartado anterior, somos invitados a percibir de forma consciente nuestra respiración, sin tratar de modificarla, sólo observarla. Esta práctica, al comienzo de la meditación, calma la mente y posibilita entrar en un espacio de presencia, y nos sitúa en el instante que estamos viviendo.

A lo largo de la meditación, si nos distraemos con pensamientos o imágenes que nos pueden alejar del aquí y del ahora, somos invitados de nuevo a tomar consciencia de la respiración, volver al fluir de la respiración para acallar ruidos y “retornar a casa”, a nuestro centro, donde habita la Presencia divina.

Recibir (inspirar) y entregar (espirar) el aire nos permite caer en la cuenta de que nuestra existencia es también un equilibrio entre el dar y recibir. Continuamente transitamos entre el acoger y el entregarnos y desprendemos de lo que recibimos.

Al atender nuestra respiración no pretendemos manipularla. No obstante, descubriremos que se irá modificando. De hecho, existe una estrecha relación entre respiración y emoción; cualquier sentimiento que nos venga durante el tiempo de meditación, ya sea de alegría o de tristeza, de ansiedad y miedo o de paz, de ternura y amor o de ira, repercute en la respiración y hace que sea más agitada o más profunda. Atendiendo entonces a nuestra respiración, podremos ir haciendo el camino de regreso hacia nuestro interior y reconocer la presencia de Dios que nos habita.

Por todo ello, cuando estamos en contemplación observaremos en nosotros sentimientos, imágenes, pensamientos que nos sobrevienen. Podemos intentar reconocer y acoger lo que acontece en nuestro interior sin juzgarlo, y volver nuestros ojos hacia El que nos mira con ternura y compasión y nos acepta tal y como somos.

d. Palabra sagrada o mantra

Otro recurso que facilita la contemplación es la recitación de algún “mantra” o palabra sagrada. Entendemos por mantra una palabra o frase corta (una invocación, una frase de la Escritura, de un salmo…), llena de significado para la persona que medita y que se repite de forma continua. La oración del corazón del Peregrino ruso es un ejemplo de esta tradición de orar con “mantras”, acompasados con la respiración: “Señor Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador”. Pero podríamos añadir otros muchos: “Ven Señor Jesús”, “Abba, Padre”, etc.

La recitación del mantra puede integrar también los elementos que hemos indicado anteriormente para el inicio de la meditación: la postura del cuerpo y el tomar conciencia de nuestra inhalación y exhalación. Pues el mantra se suele repetir internamente, acompasándolo al ritmo de la respiración, a lo largo del tiempo en que estamos en contemplación. La palabra sagrada así repetida es de gran ayuda para centrarnos y adentrarnos en el ritmo y la profundidad de nuestro ser, y poder encontrarnos con el DiosAmor que nos habita.

Por otro lado, si esta palabra sagrada se puede cantar, la música junto con la letra del canto resulta tener una gran eficacia para el silenciamiento y la oración. Los cantos de Taizé son un ejemplo de ello: frases de gran hondura espiritual con unas melodías que favorecen el recogimiento, y que pueden ser vehículo para experiencia de unión con el Amado.

Y si además se recita esta palabra en comunidad, sea de forma interna o cantada, el resultado es asombroso.

¿Qué ocurre si sentimos aburrimiento en la meditación, cómo afrontalo? Nos puede ayudar el volver, de forma consciente, a nuestro mantra o palabra sagrada. Repetirlo nos reorienta hacia nuestro interior, en cuyo fondo Dios nos sale al encuentro.

A modo de conclusión

A lo largo de estas líneas hemos presentado unas pistas para la pedagogía espiritual, con la convicción de que la vida espiritual supone un camino que nos posibilita ser plenamente quienes somos, reconociendo que hay un “Más en nosotros”, que nos posibilita ser más compasivos y armónicos. Dios se halla presente en lo más íntimo de nosotros y “en Él vivimos, nos movemos y existimos”.

Al mirar a Jesús y fijarnos en su delicada manera de enseñar a sus amigas y amigos, a sus discípulos, hemos apuntado algunos elementos que también pueden servirnos hoy: reconocer que la mirada de Dios nos da el ser, somos amados y llamados a vivir desde Él; descubrir el rostro amoroso de Dios-Padre Madre; admirar lo que nos rodea, la naturaleza, los otros, y aprender a encontrarnos con Dios en lo cotidiano, también en las dificultades; redescubrir a importancia de la comunidad de fe y de las celebraciones litúrgicas; aprender a confiar como lo hacía Jesús; y, sobre todo, a orar como Él. Así, hemos indicado además algunas propuestas prácticas para el silenciamiento interior, que nos ayuden a hacer oración: preservar lugares y tiempos concretos para ello, atender a nuestro cuerpo y a nuestra respiración, y recitar o cantar alguna palabra sagrada o mantra. Sin embargo, todo ello han sido sólo unas “pistas”, convencidas, como León Felipe, de que:

Nadie fue ayer,

ni va hoy,

ni irá mañana

hacia Dios

por este mismo camino

que yo voy.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo de luz el sol…

y un camino virgen Dios.

León Felipe

 

(1) MAESTRO ECKHART, El fruto de la nada, ed. de AMADOR VEGA ESQUERRA, Alianza, Madrid, 2011

(2) Cf. S. BARA BANCEL, El Reino de Dios en nosotros, según el Maestro Eckhart, Pensamiento 73/275 (2017), 147-167. En el sermón 68 Eckhart exclama: “Cuando pienso en el Reino de Dios, es tan grande que a menudo me hace enmudecer. Porque el Reino de Dios es Dios mismo con toda su riqueza. No es cosa pequeña el Reino de Dios. […] A veces me digo lo siguiente: el alma en la cual el Reino de Dios aparece, y que sabe que el Reino de Dios está cerca de ella, no necesita predicación ni enseñanza. Allí [en esa experiencia] recibe su formación y la seguridad de la vida eterna. Sabe y reconoce lo cerca de ella que está el Reino de Dios. Y puede decir como Jacob: «Dios está aquí y yo no lo sabía»; pero ahora ya lo sé”.

(3) Cf., por ejemplo, el precioso libro de espiritualidad de PIET VAN BREEMEN, Él nos amó primero, Sal Terrae, Madrid, 2019, 5ª ed.

(4) Como señala Francisco en la encíclica Laudato si.

(5) MAESTRO ECKHART, Conversaciones de discernimiento n. 4, en S. BARA BANCEL – J. DE COS (ed.), Dios en ti, Eckhart, Tauler y Susón a través de sus textos, San Esteban, Salamanca, 2017, 51.

(6) Nos hemos inspirado, en gran medida, en la metodología que propone FRANZ JALICS, Ejercicios de contemplación, Sígueme, Salamanca, 1998.

(7) MAESTRO ECKHART, Conversaciones de discernimiento c. 6, en S. BARA BANCEL – J. DE COS (ed.), Dios en ti, Eckhart, Tauler y Susón a través de sus textos, San Esteban, Salamanca, 2017, 52 y 56.

(8 )EUGENE GENDLIN, Proceso y técnica del enfoque corporal, Mensajero, Bilbao, 1982, 98

(9) WILL JOHNSON, La Postura de Meditación. Manual práctico para meditadores de todas las tradiciones, Herder, Barcelona, 2009.

(10) El “Focusing” o enfoque corporal es un proceso psicoterapéutico desarrollado por Eugene Gendlin.

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